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Felipe II y la música


Una imagen desenfocada

En la Historia hay pocas figuras tan deformadas como la de Felipe II, cuya imagen parece reflejada a la vez por todos los espejos del callejón del Gato que inspiraron a Valle-Inclán. Para unos, un rey de leyenda, ciertamente, pero negra. Para otros, el Prudente, prototipo de monarca cristiano o, mejor, católico adornado con todas las virtudes. Los datos que tanto unos como otros aducen en favor de sus valoraciones son ciertos en gran parte, tanto como los que se ocultan porque molestan a las tesis. En historia, como ha escrito alguien, todo lo que no es erudición es política y alrededor de Felipe II se ha pretendido urdir mucha política en el mal sentido de la palabra. Hace ya bastante tiempo, sin embargo, que los historiadores ajenos a estériles enfoques políticos han aportado objetividad al personaje, mostrando sus logros y sus fracasos, sus aciertos y sus errores, sus valores y sus defectos y, por decirlo con lenguaje cristiano, sus virtudes y sus pecados -tres días tardó Felipe II en hacer su última confesión-, todo ello, por supuesto, dentro del mundo en que le tocó vivir y no con coordenadas anacrónicamente actuales. No se puede negar, en todo caso, la magnitud de las consecuencias de sus decisiones, que se corresponde a su pretensión de dominar los hilos del tinglado desde su ambulante mesa de despacho. Quizá por esa razón su figura no resulta indiferente a nadie y la sola mención de su nombre suscita la controversia, como ya se ha podido comprobar tras los anuncios de la conmemoración del cuarto centenario de su muerte. Ojalá que ésta no sirva para recrudecer viejas heridas que ya deberían estar cicatrizadas, sino, como querían los antiguos, para que todos aprendamos de los viejos errores y evitemos volver a cometerlos. Y habrá que decir, llegando ya al asunto musical que nos ocupa: para que disfrutemos ahora de las obras musicales que rodearon a aquel rey, igual que podemos disfrutar de sus palacios, sus jardines o sus cuadros, aunque rodeados por una aluvión de turistas que modifican sustancialmente ese disfrute.

El entorno musical

Cuando nace nuestro personaje (1527) hace apenas seis años que ha muerto Josquin Desprez, "con el que empezó la música", según el teórico andaluz fray Juan Bermudo, aunque para nosotros representa más exactamente la llegada de la técnica polifónica al clasicismo tras cinco siglos de desarrollo. Los Países Bajos y su entorno producen los mejores músicos de la generación que sigue a Josquin, algunos de los cuales se encuentran no por casualidad en la capilla de su padre, Carlos V, como Nicolás Gombert -"el profundo Gomberto", según lo llama Bermudo-. En España vive todavía, aunque ya por poco tiempo, Juan del Encina, último representante de la generación que practicó un interesante estilo nacional durante el reinado de los Reyes Católicos en torno a la canción cortesana y a dos géneros de raíz tradicional: el villancico y el romance. Entre la generación que ahora produce los mejores frutos se cuentan Pedro de Pastrana y Mateo Flecha, vinculados un tiempo a la corte del Duque de Calabria, virrey de Valencia, pero finalmente atraídos al entorno del Emperador. En Plasencia, sin embargo, trabaja un joven maestro sevillano llamado Cristóbal de Morales, que pronto irá a Roma y conseguirá el máximo prestigio musical del momento. Cerca de Roma ha nacido dos años antes Giovanni Pierluigi da Palestrina, que elevará la música polifónica hasta una de sus cumbres. Y en Sevilla acaba de nacer o lo hará muy pronto Francisco Guerrero, que vivirá un año más que Felipe II y con el que se encontrará en más de una ocasión. Su madre, la emperatriz Isabel, acaba de recibir entre los músicos a su servicio como tañedor de tecla a un joven burgalés de diecisiete años, ciego pero con tan enorme clarividencia musical como destreza en los dedos. Pronto pasará a deleitar también al joven príncipe y se convertirá en el gran lujo musical de su corte. Antonio de Cabezón servirá durante cuarenta años a Felipe II, al que acompañará en sus viajes, y recibirá de éste un trato de especial consideración tanto en lo económico como en lo personal. El arte de Cabezón situará a la música española a la cabeza de la producción europea para teclado. Desde comienzos de siglo la imprenta musical posibilita la rapidez en la difusión de las nuevas composiciones. Entre los aspectos más beneficiados se cuenta un instrumento, el laúd, cuya técnica se ha perfeccionado notablemente tras abandonar la púa y utilizar los dedos. Por tratarse de un instrumento doméstico que permite la ejecución de obras polifónicas completas él solo o acompañando al canto, los impresos de música para laúd encuentran excelente acogida en el mercado. A pesar de que los laudistas ibéricos -cristianos y musulmanes- han jugado un importante papel en el desarrollo técnico y estético del instrumento, la moda española del momento pone en primer plano a la vihuela de mano, distinta de aquél en la forma de la caja pero idéntica en el número y afinación de las cuerdas. También en España se ha desarrollado notablemente la vihuela de arco, un instrumento de la misma familia, aunque al final serán los italianos quienes universalicen el nombre de viola da gamba. Finalmente, los instrumentos de viento se agrupan en coplas de ministriles (origen de la típica cobla catalana y embrión de las futuras bandas) que alquilan sus servicios festivos a municipios, universidades y catedrales. Éstas últimas optarán posteriormente por contratar ministriles fijos. La Casa Real, por supuesto, cuenta con un grupo que refuerza a la capilla de cantores o actúa por separado en fiestas religiosas y saraos. Tal es a grandes rasgos el envidiable panorama musical que rodea al neonato. Durante su reinado los reinos de España conocerán uno de los mejores momentos musicales de su historia; según algunos, el mejor sin duda. Aunque sólo fuera por esta razón el cuarto centenario de la muerte de Felipe II merecería una amplia celebración musical. Pero, además, su persona no se mantuvo al margen del movimiento musical de su tiempo.

Sus músicos

Limitémonos a los maestros de sus capillas principesca y real y a los elementos más significativos integrados en ellas. Desde que con siete años se inauguró para él la Casa del Príncipe (1 marzo 1535) contó con varios músicos a su servicio, entre ellos un maestro de danza y los tañedores de tecla Francisco de Soto y Antonio de Cabezón. Al hacerse cargo de la regencia con dieciséis años (1543) dispuso ya de una capilla en toda regla dirigida por el maestro Juan García de Basurto, que había trabajado antes en el Pilar de Zaragoza. Cuatro años después muere Basurto y le sucede Pedro de Pastrana, que era capellán del Emperador desde 1527. Luis de Narváez se hace cargo por entonces de los niños cantorcicos. La avanzada edad de Pastrana no le permite participar en el primer viaje del Príncipe por Italia, Alemania y Flandes (1548-51) ni en el segundo (1554-1559) por Inglaterra y los Países Bajos, del que Felipe vuelve convertido en Rey. Hay indicios de que durante estos viajes fue Cabezón el que, por su prestigio, desempeñó las tareas de maestro de capilla. Tras la abdicación de Carlos V su hijo se queda con la capilla de músicos flamencos del padre, que dirigía Nicolás Payen. Al volver a España (1559) muere Payen y el nuevo rey llama a Pierre de Manchicourt, que había trabajado en Arras, Tournai y Amberes, a partir del cual todos los maestros serán flamencos y tienen un teniente que sirve cuando ellos no pueden, también flamenco, como recordará el propio Felipe años más tarde en una carta. A Manchicourt le suceden Jean Bonmarché (1565), Gerard de Turnhout (1572), Georges de la Hèle (1582) y finalmente Philippe Rogier (1588), que morirá en 1596. Se hace cargo entonces el teniente, Adrian Capy, al que tocará dirigir los funerales, aunque ya por entonces despunta en la capilla el que será nombrado maestro por Felipe III, Mathieu Rosmarin, españolizado desde niño bajo el nombre de Mateo Romero y más conocido como "Capitán". El empeño por tener siempre maestros flamencos no significa exactamente menosprecio hacia los músicos españoles -la prueba está en el extraordinario aprecio mostrado a Cabezón- sino que responde en parte a un deseo de Carlos V -Me ha mandado que yo tenga su capilla en pie, como se está, sin disminuir della- y en parte a razones de "imagen de marca": era opinión bastante extendida en la época que los mejores polifonistas provenían de los Países Bajos. Como la capilla es de algún modo responsable de la imagen musical del rey, hay que cuidar ante todo la calidad de sus elementos y ésta viene garantizada ya por su origen. Para hacer los órganos de El Escorial también contrató a un organero flamenco, maese Gilles Brevos, el mejor maestro de estos instrumentos que se ha conocido en nuestros tiempos (P. Sigüenza). Del mismo modo traía pintores y escultores de Italia, donde se suponía que estaban los mejores o llamaba a Lisboa (1581) a Hernando de Cabezón, por no haber aquí quien tañese bien los órganos en la capilla. Luis Robledo lo ha expresado concisamente: "Felipe II quería lo mejor en música, pero, además, lo quería flamenco". Por eso encargaba periódicas excursiones para traer niños cantores de aquellas tierras. Por otra parte era grande su estima por los instrumentistas españoles: A Camargo, maestro de ministriles, dio en veces más de 50.000 ducados, según Porreño. En los últimos años de su reinado los cantores de su capilla eran, más o menos, la mitad flamencos y la mitad españoles. Razones de calidad y dedicación musical, seguramente, le llevaron también a poblar el monasterio de El Escorial con monjes jerónimos, una orden de la que se decía que su ejercicio era todo coro, música y loores divinos, según escribió fray José de Sigüenza. En los primeros obituarios escurialenses figuran con frecuencia expresiones como éstas: Recibiéronle por sus buenas partes de música y porque tañía bajón o Lo trajeron por su buena voz de tenor y ser hábil organista.

Su música

Comencemos con la simple exposición de algunos datos estadísticos: Palestrina le dedicó dos libros impresos; Victoria otros dos; Fernando de las Infantas, cuatro; Francisco Guerrero, Hernando de Cabezón, Miguel de Fuenllana y Diego Pisador, uno cada uno. Bartolomé de Escobedo y Philippe Rogier compusieron sendas misas con el emblema "Philippus Secundus Rex Hispaniae". Nicolás Gombert escribió un motete para celebrar su nacimiento; Alonso Mudarra, Tylman Susato, Thomas Tallis, Antonio de Cabezón, Georges de la Hèle, Joan Brudieu y Cesare Negri, entre otros, festejaron con música -y el último con danza- diversos acontecimientos de su reinado; Alonso Lobo, Adrian Capy y Ambrosio Cotes compusieron obras con motivo de su muerte. En casi todos los casos se trata de música de primera o primerísima calidad, cuya audición llevaría muchas horas. Pero ¿qué músicas le complacían más? ¿Cuáles pueden ser llamadas más propia y personalmente "sus" músicas? He aquí un asunto tan interesante como sutil y difícil de calibrar, sobre todo al tratarse de una persona tan parapetada tras su imagen oficial y tan imbuida en su personaje regio. (Imagen que habrá que comenzar ya a desconstruir para recomponerla más adelante. Para ello tiraré la primera piedra: Según testimonios fidedignos Felipe II ceceaba. ¿Se imagina el lector cómo sonaría en su boca la famosa expresión que utilizaba para tranquilizar a quienes en su presencia se mostraban alterados?: Zozegaoz. ¿No recuerda a la escena de Pilatos en La vida de Brian?). ¿Cantaba? No sabré decir la voz que tengo, porque nunca la he probado -frase que le atribuye Antonio Palomino sin que dato alguno la contradiga-. ¿Tañía algún instrumento? Parece que tanteó algo la vihuela, aunque sin alcanzar el grado de destreza de su hermana menor doña Juana, futura reina de Portugal. Diego Pisador, al dedicarle su Libro de música de vihuela, razona así: Determiné de lo dedicar a V. Alt. por si V. Alt., queriéndose desocupar en los trabajos de gobernación, quisiere descansar en este ejercicio de la vihuela. ¿Bailaba? La respuesta la da Baltasar Porreño: De tres cosas se preció este prudente Rey: de no haber usado gregüescos, holones ni calzones, de no haberse puesto a mula, ni de haber bailado. Conviene matizar, sin embargo: danzaba excelentemente y de ello hay numerosos testimonios, pero en el vocabulario de la época y, muy precisamente, en el del propio Rey se distinguía con claridad el baile de la danza. Más aún, cuando la gota le impidió danzar, procuraba colocarse en un trono desde donde se veían con toda comodidad los pies y las cadencias de los que bailaban, a quienes examinaba con atención. Consecuentemente procuró a sus hijos una buena educación danzaria y les animó a la práctica, sin perder nunca, eso sí, la imagen de un príncipe de la Casa de Austria. También hay numerosas noticias de danzas artificiosas y de espíritu ejecutadas en su presencia por los seminaristas en El Escorial. Baltasar Porreño dice que no sabiendo de música, juzgaba de ella advertidamente y algunos datos confirman que tenía opiniones propias. Desde Lisboa escribe haber escuchado a unos ministriles que son muy buenos y tañen muy bien muchos instrumentos... estremados músicos en diferentes instrumentos de música de chirimías, sacabuche, baxón, corneta, dulçaina y flauta. En una carta a su hija Catalina Micaela poco antes de la habilitación de la basílica de El Escorial le comunica: Ayer vimos a los frailes que probaban a cantar en el coro y nos pareció muy bien, que sonaban muy bien las voces. Precisamente es el canto llano el estilo en el que Felipe II podría ser considerado un entendido o, al menos, un aficionado incansable y por ello siempre que pudo ocupó habitaciones cercanas al coro de los frailes y asistió al canto de las horas canónicas. Jamás le vi vencido en cosas del oficio divino, por largas que fuesen en este convento y nos venció él a todos muchas veces, cuenta el P. Sigüenza. El mismo cronista narra una significativa anécdota ocurrida durante la construcción del monasterio con motivo de la llegada de un nuevo libro de canto llano: Tuvo tanta gana de verlo, por ser el primero, que, después de recogidos los religiosos, entró a gatas por una ventana que salía de su aposento al coro; andaba el Prior mirando si estaban los frailes recogidos y, como vio luz en el coro, entró a ver quién era y halló al Rey dentro y cogióle con el hurto, de que sin duda se puso colorado. Fernando de las Infantas le informó desde Roma de que el Papa había encargado a Palestrina y Aníbal Zoilo la revisión y reforma del canto gregoriano. El Rey se movilizó inmediatamente hasta impedirlo, aunque también le movieran a ello intereses económicos, puesto que proyectaba imprimir misales para todas las iglesias de sus reinos. El canto llano y la liturgia fueron su refugio en los numerosos lutos que pasó a lo largo de su vida. Tras la muerte de algún miembro de su familia acostumbraba a retirarse a algún monasterio y asistir a una misa tras otra. En esto no conocía medida y tres horas de maitines se le hacían cortas. El género de música al que, sin embargo, demostró más afición desde pequeño fue el más sencillo y natural de todos: el canto de los pájaros, para lo que procuraba que bajo sus ventanas hubiera jardines. Luis Vives en los Diálogos (1539) dedicados a nuestro príncipe y escritos para su educación, incluye un encendido elogio al ruiseñor. Gregorio de los Ríos, jardinero de la Casa de Campo, incluye en su Agricultura de jardines (1592) un extenso capítulo dedicado a la crianza del mismo pájaro. Con frecuencia el rey Felipe pasaba la primavera en Aranjuez. En las cartas a sus hijas -los documentos más personales que han quedado de él- hay significativos detalles. Desde el palacio de Tomar escribe a Aranjuez en mayo de 1581: Mucha envidia tengo a los ruiseñores, aunque algunos pocos se oyen algunas veces de una ventana mía. En la primavera del año siguiente desde Lisboa la saudade es mayor: De lo que más soledad he tenido es del cantar de los ruiseñores, que hogaño no los he oído, como esta casa es lejos del campo. No sé si los oiré por el camino. El día de su muerte, 13 de septiembre de 1598, estando cantando la misa del alba los niños del seminario, el único cuadro no religioso que adornaba las paredes de su cámara era un cuadrillo pequeño de unas aves. Quizá el canto llano y los pájaros le llevaron una pizca de belleza en medio del hedor y la podredumbre que rodearon sus últimos momentos.

Pinceladas históricas para una biografía musical

Este concierto pretende seguir paso a paso algunos momentos de la biografía de Felipe II. Quizá el comentario más ilustrativo para escucharlo sea poner junto a cada obra un documento, que con su lenguaje característico la sitúe en su contexto. Creo necesario añadir solamente que los tales documentos están extractados, traducidos cuando ha hecho falta y recompuestos con cierta libertad. Añado una escueta nota con los datos imprescindibles.

Textos cantados y documentos



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