El Rey que nunca cantó


Carlos V e Isabel de Portugal pasaron su luna de miel en la Alhambra de Granada. Allí fue engendrado su hijo Felipe en agosto de 1526. Quizá de ahí se derivó su amor por los jardines, la arquitectura y el canto de los pájaros, la música de que más gustó: De lo que más soledad he tenido -escribe en una carta a sus hijas- es del cantar de los ruiseñores, que hogaño no los he oído. Tras los pájaros habría que colocar en segundo lugar de preferencias al canto llano, del que nunca pareció hartarse. Su vida, sin embargo, estuvo de continuo rodeada por todas las demás formas de música "humana": trompetas y atambores precediendo sus apariciones públicas, polifonías de los cantores de su capilla, ministriles en los frecuentísimos saraos, músicos de cámara en sus solitarias comidas, danzas y folklore en los recibimientos populares. Tuvo a su servicio a algunos de los mejores músicos de su tiempo, fue dedicatario de numerosas ediciones de obras maestras (Victoria, Palestrina, Cabezón y Guerrero, entre otros), su nombre (Philippus Rex Hispanie = mi mi do re mi fa mi re) fue puesto en música en más de una ocasión, llegó a poseer una estimable colección de instrumentos, los más expertos organeros y campaneros trabajaron a su servicio y, sin embargo, se decepcionó cuando el jardinero de la Casa de Campo le contó que los cisnes al morir no cantaban nada de particular. Nunca cantó, según propia confesión, quizá porque el canto descomponía la imagen de la realeza que siempre intentó proyectar, apenas aprendió a tañer un poco la vihuela y, por contra, sus opiniones musicales, siempre prudentes, solían ser bastante acertadas.

Una biografía de Felipe II desde el punto de mira musical ilumina rincones de su personalidad que pasan desapercibidos para los historiadores bélicos o políticos. No se trata de negar datos históricos tan negros como ciertos, como los autos de fe o la muerte de Escobedo, ni tan siquiera de dulcificarlos. Los hechos son como son y en Historia lo que no es erudición es política. Por el contrario, se trata de conocer también su faceta musical, poco contemplada hasta el momento no porque él no concediera un valor a la música, sino porque sus historiadores han pecado gravemente de sordera. Entre la abundantísima documentación removida en torno al personaje se ha arrojado incomprensiblemente a la papelera casi todo lo que tenía que ver con la música, que era mucho y muy significativo. Quizá la consecuencia más positiva de la actual celebración del centenario de su muerte esté siendo el desempolvamiento de muchas obras musicales de gran calidad y la elaboración de importantes trabajos de investigación que enriquecerán el conocimiento de nuestro pasado musical.

El curioso oyente podrá escuchar aquí algunas de las músicas que rodearon al personaje. En todos los casos hay una documentación que pone en relación al uno con las otras. Viajes, bodas y funerales fueron momentos de los que han quedado constancia en crónicas y documentos de archivo. Apoyándonos en estas fechas organizamos una biografía musical, pero con ello nos limitamos a dar unas pinceladas a un retrato que sólo queda esbozado. Basta considerar que sólo en la crónica del felicísimo viaje se reseñan decenas de festejos públicos en su honor, en los que la música tuvo importante participación, o que sobrepasan el centenar las referencias a saraos en los que mostró su buena estampa danzaria, desde muy niño hasta que la gota no le dejó más opción que sentarse a contemplar los bailes.

La gran ventaja de un concierto en torno a Felipe II estriba en la calidad garantizada de las composiciones, porque su reinado coincide con un momento feliz de la música europea y en especial de la española, totalmente integrada en aquélla. Los viajes y las bodas del monarca -junto con la decisión de mantener la capilla de músicos flamencos de su padre- actuaron muy positivamente en las relaciones musicales con otros países.

Desgraciadamente el archivo de música de su capilla y la importante colección de instrumentos se perdieron cien años después de su muerte en el incendio del alcázar madrileño de los Austrias, por lo que conocemos peor las músicas de su entorno más cercano que los libros, las pinturas o los palacios. Quizá hasta ese vacío sea congruente a la hora de trazar el retrato musical de un rey que en cierta ocasión confesó con extrañeza a sus cortesanos: No sabré decir la voz que tengo, porque nunca la he probado.

Textos cantados y documentos


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