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Retrato musical de Felipe II,

el rey que nunca cantó.


La cita no proviene de ninguna leyenda negra, sino de El Museo Pictórico y Escala Óptica (Madrid, 1708), de Antonio Palomino, pintor de Carlos II y Felipe V, y no se contradice con ningún documento conocido. Pero del hecho de que el Rey Prudente nunca cantase no se puede deducir menosprecio alguno hacia la música en general o, particularmente, hacia el arte vocal, sino tan sólo la inadecuación del canto a la imagen solemne y mayestática que quería proyectar. Más aún: pocas vidas hubo en su época tan bien y tan gustosamente rodeadas de música, desde el nacimiento hasta la muerte. Todavía una última afirmación: por el cuidado que tuvo en rodearse de los mejores músicos, por su generoso mecenazgo y por la atención que prestó a la música de su tiempo Felipe II es el rey más musical de nuestra historia -más que el trovador Alfonso X o que los borbones ilustrados- aunque nadie le oyera cantar nunca. El programa, cuyas líneas generales se exponen a continuación, pretende dibujar un retrato o una biografía musical de tan importante como voluntariamente enigmático personaje.


Con ocasión de su nacimiento (Valladolid, 21 de mayo de 1527) sonaron, como era de rigor, las campanas de toda la ciudad -y más tarde las de todo el reino- y Nicolás Gombert, músico flamenco al servicio del emperador Carlos V, escribió en honor del recién nacido el siguiente motete:

No será la única vez que Gombert lo ensalce en sus composiciones, puesto que en 1531 compuso otra pieza, Felix Austriae domus, para festejar la coronación de Fernando I como Rey de Romanos. El motete, en alabanza a la casa de Austria, acaba con las palabras Philippi et Ferdinandi gloria. La única obra sobre texto castellano que conocemos de este autor, Nicolás Gombert, es el villancico Dezilde al caballero, presente también en las obras de Cabezón y Pisador, dos músicos situados en el entorno filipino.

El cronista fray Prudencio de Sandoval cuenta: "Llegado el día del bautismo, que fue miércoles a cinco días del mes de junio de este año de mil y quinientos y veinte y siete, se bautizó el príncipe don Felipe en el monasterio de San Pablo, de Valladolid. Y para la solemnidad se hizo un pasadizo que llegaba hasta el altar mayor... con arcos triunfales... y en el primero estaban los cantores y algunos de ellos en hábito de ángeles, que cantaron cuando sacaron al príncipe Gloria in excelsis Deo".

De sus años de infancia merecen destacarse, entre otros, dos datos significativos: su afición por los pájaros -en los viajes transportará frecuentemente un buen número de jaulas- y el aprendizaje de la vihuela, aunque en ella no alcanzará la destreza de su hermana doña Juana. El canto de las aves le placía sobremanera, como se trasluce de lo que escribe a sus hijas desde Lisboa en abril de 1582: "Mucho holgué con las nuevas que me dais de Aranjuez. Y de lo que más soledad he tenido es del cantar de los ruiseñores, que hogaño no los he oído, como esta casa es lejos del campo". De su afición a la vihuela de mano y su congénere, el laúd, pueden ser testimonio los cuatro que se reseñan en el último inventario de sus bienes, que fueron, seguramente, los que sirvieron para la educación y deleite de sus dos hijas. Un inventario de 1539 cuenta entre las joyas de la cámara del Príncipe un laúd de oro esmaltado de negro con granos de aljófar en las clavijas.

En la selecta biblioteca preparada por Cristóbal Calvete de Estrella para uso del Príncipe durante su educación figuran libros de música como la famosa Practica musicae (1496), de Franchino Gafori.

Desde 1535 vive rodeado por una institución, la Casa del Príncipe, que incluye cantores para la capilla, además de un maestro de enseñar a danzar y un tañedor de vihuela. Algunos cantores parecen tener un oficio más profano que religioso o simultanear ambos, igual que los dos tañedores de instrumentos de tecla, Francisco de Soto -que aparece siempre como músico de cámara- y Antonio de Cabezón. En los viajes los cronistas reseñan con frecuencia momentos de entretenimiento musical a cargo del cantor Juan de Resa, acompañado por Cabezón.

La figura de Cabezón será el gran lujo musical de la corte filipina desde su época principesca y así lo reconocerá más tarde el propio monarca mandando hacerle un retrato -perdido en el incendio del alcázar-, llevándolo en sus viajes a Italia, Alemania o Inglaterra, a pesar de las dificultades que para un ciego suponían los traslados, y recompensándole en una cuantía que sólo admite comparación con Tiziano. Las obras de Cabezón para tecla, harpa y vihuela -publicadas por su hijo Hernando en 1578 y dedicadas por éste al rey- son buen ejemplo de la mejor música del momento y una de las bases del repertorio que inexcusablemente debe figurar en un retrato musical del monarca. Se dan cita en ellas géneros religiosos y profanos tan característicos como el tiento o la diferencia, con glosas sobre obras polifónicas de autores españoles, flamencos o italianos junto a villancicos y romances procedentes de la tradición popular hispánica. Guárdame las vacas, Conde Claros, Madama le demanda y Dezilde al caballero son algunos de los temas tradicionales que Cabezón recrea con maestría. Fuente complementaria de este repertorio es el Libro de cifra nueva (1557), publicado por Luis Venegas de Henestrosa, que incluye obras de Cabezón y Soto, además de otros autores del entorno filipino.

El conjunto de músicos al servicio del príncipe irá aumentando con los años. En 1540 se dan órdenes para reparar los órganos de la capilla del Príncipe. A partir de 1547 se impone la etiqueta borgoñona. En esa fecha comienza a servir como maestro de los niños cantorcicos el vihuelista granadino Luis de Narváez, que diez años antes había publicado sus Seis libros del Delphín, de música para vihuela, en los que figura Mille regretz, de Josquin Desprez, como 'Canción del Emperador', junto a las famosísimas diferencias sobre Guárdame las vacas.

Si reunimos los nombres de los compositores que en un momento u otro estuvieron al servicio directo de Felipe II encontraremos -además de los citados ya y pasando por alto nombres menos importantes- a los españoles Juan García de Basurto y Pedro de Pastrana junto a los flamencos Pierre de Manchicourt y Philippe Rogier (los maestros de capilla de Felipe II siempre fueron flamencos). Si ampliamos el círculo a ámbitos inmediatamente próximos como la capilla de las infantas o el monasterio de las Descalzas Reales, sumaremos los de Mateo Flecha 'el Viejo', Bartolomé de Escobedo y Tomás Luis de Victoria, que le dedica dos publicaciones musicales. Escobedo es autor de una Missa Philippus Rex Hispaniae, escrita con motivo del acceso de Felipe II al trono de los reinos de España (1556). Años más tarde Philippe Rogier, maestro de la real capilla, seguirá la misma idea en su Missa Philippus Secundus Rex Hispaniae. Son obras emblemáticas que guardan relación directa y evidente con nuestro personaje.

La relación con Felipe II de otros compositores importantes viene dada por diversos datos. Francisco Guerrero -que había visitado al Emperador en Yuste- lo conoce en Madrid y al frente de su capilla sevillana viaja a Santander en 1570 para recibir a la princesa Ana, prometida del rey, a la que acompaña hasta Segovia, donde se celebra la boda (de la que se habla más adelante). Fernando de las Infantas le envía desde Roma un importante memorial poniéndole al tanto de los proyectos vaticanos de reforma del canto gregoriano y le dedica cuatro libros de polifonía publicados en Venecia (1578-1579). En ellos se contienen algunas piezas conmemorativas para celebrar las victorias contra los turcos o la muerte de Carlos I. Fueron muchos los músicos nacionales y extranjeros que dedicaron sus impresos a Felipe II, sabedores de que ello les reportaría beneficios económicos, como así era en verdad. Señalemos sumariamente a los vihuelistas Miguel de Fuenllana y Diego Pisador -por si Vuestra Alteza, queriéndose desocupar en los trabajos de gobernación, quisiere descansar en este ejercicio de la vihuela-, a Tomás Luis de Victoria -Missarum libri duo, de 1581- y al mismísimo Giovanni Pierluigi da Palestrina, que le dedicó dos libros.

Uno de los placeres de los que nuestro personaje procuraba no privarse era la asistencia al canto del oficio divino monástico, para lo que prevenía comunicación directa entre sus aposentos y la iglesia. La curiosidad que en él despertaba el canto llano queda reflejada en esta anécdota que cuenta el padre Sigüenza referida a los primeros tiempos de la construcción de El Escorial: "Otra vez supo que habían traído un libro de canto llano para los oficios divinos y habíanle puesto en el facistol aquella noche para decir los maitines; tuvo tanta gana de verlo, por ser el primero, que, después de recogidos los religiosos, entró a gatas por una ventana que salía de su aposento al coro, alumbrándole Santoyo con una candela; andaba el Prior mirando, como es costumbre, si estaban los frailes recogidos y, como vio luz en el coro, entró a ver quién era y halló al Rey dentro y cogióle con el hurto, de que sin duda se puso colorado".

Los viajes y las bodas fueron motivo para diversas manifestaciones e intercambios musicales. La boda con María de Portugal (1943) tuvo lugar en Salamanca cuando el príncipe apenas contaba dieciséis años. Felipe contempló la entrada de su prometida disfrazado entre el público. Entre otras figuras y artificios que la ciudad preparó para la ocasión los cronistas señalan dos nubes de las que al abrirse salieron varios niños cantores. La temprana muerte de la reina no impidió ulteriores contactos musicales con Portugal. Así, una vez terminados los lutos, tuvo lugar en Valladolid un torneo rodeado de elementos mitológicos y caballerescos. En uno de los carros preparados al efecto se representaba la fábula de Venus y Cupido, en cuyo derredor unos negros tañían vihuelas de arco pequeñas y delante de ellos nueve portugueses iban foliando y tañendo con sus sonajas. En Guadalupe tuvo lugar en 1576 un encuentro con el rey don Sebastián O Desejado, que, al ocurrir durante la Navidad, estuvo rodeado de abundante música a cargo de españoles y portugueses. Por suerte poseemos valiosas y minuciosas descripciones de lo que allí sonó y el modo en que fue interpretado, aunque no exactamente las partituras.

Del felicíssimo viaje por Italia y los Países Bajos poseemos crónicas por las que sabemos, entre otros detalles interesantes, que Cabezón tañó el órgano en la catedral de Génova. La entrada en Lovaina revistió caracteres particularmente espectaculares y grotescos: "Venía un mozo en figura de oso asentado sobre un carro tañendo unos órganos, en que estaban metidos gatos vivos y hacían con sus aullidos altos y bajos una música muy bien entonada, que era cosa nueva y mucho de ver. Vino luego una graciosa danza de monos, osos, lobos, ciervos y otros animales salvajes danzando delante y detrás de una gran jaula; tras ellas... seguían un mono y una mona tañendo una gaita". Amberes gastó en el recibimiento 250.000 florines y en la composición e interpretación de la música tuvo papel destacado el impresor Tielman Susato, que era uno de los músicos municipales. Poco antes de emprender el regreso desde Augsburgo su tío don Fernando le regaló un extraordinario órgano de plata, que figura entre los objetos más preciados del ajuar principesco. Precisamente en esa ciudad un año antes había pintado Tiziano para el Emperador su Venus y la música.

En los recibimientos ofrecidos por las ciudades peninsulares con motivo de los diversos viajes regios la música jugó, como era de esperar, un papel destacado junto a la danza y las artes plásticas. De las numerosas relaciones surge la impresión de una curiosa mezcla de elementos mitológicos, caballerescos y populares, que configuran la particular estética de un momento en el que la fiesta recoge todo lo que pueda servir para enaltecer al monarca y divertir al pueblo, a la vez que se reparte doctrina y se da salida a los ideales humanistas y artísticos.

La boda con María Tudor permitió que Cabezón y otros músicos de la real capilla vivieran durante muchos meses en la corte inglesa. Ante la sospecha de la preñez de la reina compuso Cabezón una invocación litánica, única obra vocal que se conoce de su mano. Por su parte, Thomas Tallis escribió con idéntico motivo la Misa Puer natus y el motete Suscipe quaeso, que fueron interpretados por ambas capillas reales en la Navidad de 1554.

A finales de 1570 se celebró en Segovia la boda del rey con Ana de Austria. La ciudad preparó un sonado recibimiento y abundantes festejos, desde danzas campesinas y fanfarrias militares hasta arcos triunfales, carrozas simbólicas y espectáculos teatrales. La nueva reina fue recibida a la puerta de la catedral por el obispo y el cabildo, mientras cantores y ministriles entonaban el Te Deum laudamus. Ya dentro, según cuenta el cronista Diego de Colmenares, "salieron del sagrario nueve muchachos, mozos de coro, en hábito de pastores bien adornados y danzando cantaron un villancico, y luego uno en cinco liras dio el parabién a la reina que, tras cantar los pastorcillos segundo villancico", continuó su triunfal recorrido por la ciudad. Tras el banquete de boda "hubo sarao y en tanto que danzó la reina, el rey y todos estuvieron de pie". Al día siguiente hubo misa solemne en la catedral, "oficiando los músicos de la iglesia y de la capilla real".

La integración de la música dentro del gran proyecto filipino que es El Escorial necesitaría un capítulo aparte, en el que veríamos la aportación de la música a la idea de la realeza que Felipe II quiso perpetuar. Los elementos materiales se buscaron de la mejor calidad y construidos por los mejores artistas: las campanas diseñadas por Juanelo Turriano y las cajas de los órganos por Juan de Herrera (que, por cierto, repitió el tema del frontón partido del pórtico de la basílica). En la torre que da hacia el convento se colocó un reloj con diecinueve campanas y en la otra un carillón con cuarenta, "puestas en tono, que con sus teclas como órgano tañen concertadamente y hacen la música que se podía tañer en cualquier otro instrumento, invención de flamencos y alemanes, que tienen paciencia e ingenio para esto; acá no nos suena tan bien como a ellos", según expresión del padre Sigüenza. El mismo cronista nos cuenta y describe pormenorizadamente la construción de los órganos: "Tiene cada uno de estos órganos grandes treinta y dos registros, con que se puede hacer gran número de combinaciones y mixturas, y que están hechos con mucho cuidado por el mejor maestro de estos instrumentos que se ha conocido en nuestros tiempos. Éste se llamaba Masegil [Gilles Brevos], de nación flamenco; ayudábanle cuatro hijos suyos, todos oficiales del arte y algunos de ellos ya maestros. Murió aquí este hombre antes que perfeccionase la obra; no se sintió poco su falta". Los libros de coro, para cuyo apoyo Juan de Herrera diseñó el famoso facistol que aún puede verse, están también en consonancia con la grandeza y perfección del lugar. En el fresco que adorna el coro, La Gloria, de Luca Cambiaso, el tema musical está representado por multitud de ángeles con instrumentos y cánticos en loor de la Trinidad. En otro orden de cosas, la bóveda de la biblioteca recoge toda una alegoría de las ciencias, entre las que se cuenta la Música con los obligados Apolo, Orfeo, Anfión, Tubalcaín y Boecio, producto de los pinceles de Peregrino Tebaldi.

En la ceremonia de consagración de la basílica la víspera de San Lorenzo de 1586 la música corrió a cargo de la Capilla Real. Así la describe el cronista Sepúlveda: "Fue mucho de ver y cosa de gran devoción... ver tanta luz... tan linda y acordada música y sonaba tan lindamente, que no parecía sino un retrato del cielo, particularmente los órganos que se acababan de hacer y sonaban muy bien y muy acordadamente, y tañéronse entrambos y atronaban la iglesia". Al día siguiente los monjes utilizaron por primera vez el coro para el oficio divino y el Rey, al oír por primera vez desde su oratorio el canto monástico, pidió que lo repitieran como prueba acústica y "salió que no hubo más que pedir; lo cual todo era para el rey Católico de sumo contento y gran regocijo".

La relación de obras musicales dedicadas a Felipe II finaliza necesariamente con los motetes compuestos para sus funerales, que deben ponerse al lado del famoso soneto cervantino Al túmulo del Rey Felipe II en Sevilla. De dos, al menos, tenemos noticia: Mortuus est Philippus Rex, de Ambrosio Cotes, a la sazón maestro de capilla en la metropolitana de Valencia, y Versa est in luctum, de Alonso Lobo, que lo era de la de Toledo.

Teniendo en cuenta todas las músicas y los músicos a los que se ha hecho referencia y los datos que forman el entorno, el Grupo SEMA prepara un programa que reproducirá fielmente ante el oyente actual la belleza de las músicas que rodearon a Felipe II.


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